Presumo hoy, bienaventurado lector, que me he librado un fin de semana más de la apestosa urbe para acompañar a mi excéntrica y explosiva compañera de vida para la hermosa y conservadora ciudad de donde vengo. ¿Las razones? No hay realmente para mí, solamente para la Wera, la cual es no terminar en el CERESO por evadir obligaciones fiscales. Yo nomás voy de metiche y para echarme unos lujosos mascarrapaches servidos con mucho hielo en compañía de mis viejos y chemísimos compadres. Ese es suficiente pretexto para salir: bebida y compañía. Y es rete- a-gusto poder mirar hacia atrás en la carretera y sentir cómo se va abandonando la ciudad donde los compañeros de trabajo llegan con cara de alma panteonera y vivir para contarla a mis amigos por un rato nomás. Me encanta ir y chismear sobre los estereotipos que hoy (y muchos otros hoyes) he notado en la vida laboral. Francamente, estoy a punto de volverme antropólogo oficinero para estudiar el comportamiento, los personajes y las costumbres que se manifiestan en las oficinas enfocadas a cualquier giro empresarial. Nomás con ver cómo siempre pasa lo mismo…
Pero bueno, como muchos, me libro de esa singular humedad y olor a viejo de la ciudad que alberga a tantos aspirantes a megalomanías drásticas (y muy probablemente frustrables) y me he vuelto un neófito atleta de la divertida “pata de perro”. Porque me he dispuesto a beber en diferentes zonas de la república visitando viejos amigos y haciendo nuevas amistades hasta donde el tiempo, las distancia y principalmente la economía permiten. Siempre sabe diferente el mismo trago en cada ciudad, por eso la pata de perro. Vaya enmienda se ha votado a mi favor en mi propio Honorable Congreso de la Unión Libre y Soberana AC, lector mío. Pero, no puedo mentir que apenas llevo dos ciudades en lo que respecta mi nuevo plan etílico-social-escapatorio: Puebla y Querétaro. Ya veremos más adelante…
La vez anterior me aventuré a salir de la urbe debido a un mandato oficial de la Wera Superior, la cual consistía en ir a visitar a la comadre de mi ya nombrado Látigo de mi Desprecio. La inesperada y bien aceptada exhortación surgió dos días antes de partir hacia tierras queretanas mientras oía a mis jefes (o caciques) regañar a una empleada por mezclar horarios e invitar a una entrevista sobre carros chocones de la Feria de Chapultepec a una señora con osteoporosis que iba para otra reunión.
Me conmueve que siempre me inviten como agregado cultural de mi novia sus amigos (as) cuando ya saben que no hay mucho qué platicarme pero ya soy bulto y se aguantan. Pero les resulta exacerbante verme beber cantidades bíblicas de alcohol, fumar en cadena y reírme de las inexplicables e inverosímiles anécdotas y batallas ganadas por amigos de mi Wera puesto que las encuentro cada vez más difíciles de convencer para un escéptico como el de la pluma (o teclado, más bien).
Pero no perdamos de vista el tema principal, me enamoré de esta ciudad, es pequeña, limpia, con gente honrada, gente bonita y bien educada, no lo sé, pero me gusta, me viene... Ese lugar tiene un imán apuntando hacia mimismo. Es más, llevaba apenas 2 horas de haber pisado tierras ajenas cuando me di cuenta de haberme enamorado de esta ciudad y lo ajeno se volvía inminentemente propio. Con contarles que grité en tono Masiosare, con el índice al aire, estoico y un poco patriótico: acá nos vamos a venir a vivir, es mi nueva ciudad. La Wera, cual juez de ministerio público, contestó con un tajante: no mames, es un pueblo, qué flojera… Se acabó la ilusión.
La diminuta mujer que acabamos de visitar me sorprende cada vez más. De cualidades singulares y llamativas. Cada vez que daba su opinión sobre trivialidades que hacen que la vida sea placentera, Su Seguro Servidor coincidía en los mismos gustos. La Wera fulminó cada conversación diciendo: ay, son igualitos. Fue un deleite oír a la Comadre hablar pensando en el constante narcisismo que éste, su comunicador, maneja. Y presenciar tan deleitable plática, es como si uno hablara con su espejo. ¡Vaya faena! Es espeluznante, pero me cae que me adoramos a mí y la P (abrevio pero quiero decir pequeña) Comadre por ser como somos.
Sin embargo, las cosas no podían ser tan únicas y prominentes al ver que la Pequeña Comadre se parece tanto a mí. Tras un riguroso análisis entre cuantiosas cubas y pláticas, críticas sociales, políticas y religiosas, risotadas y cantos al unísono que liberan el hueso que se siente atorado en la garganta por el estrés de la semana inglesa, declárome un fanático de Querétaro y de la Pequeña Comadre, ciudad tan afable, persona tan formidable. Aunque, la Wera Superior aclama (y reclama): ay, ya cásense, son tal para cual, son igualitos... ¿Me casaría conmigo mismo?
Pero querido lector, no es esto un análisis estrictamente relacionado hacia mi narcisismo o a un interés por un tercer partido (como el resto del DF y su tirano representante anti-tabaquista), esto es un cuento borgeano en la cual llega a mis minúsculas preocupaciones la atracción o sustitución freudiana que representa la mejor amiga de mi novia reflejada en mí. ¿Estará enamorada de mí la Wera porque soy igual a su comadre? Dice ella que las diferencias entre la Pequeña Comadre y yo son diminutas, personal y fisiológicamente hablando, opino que hay una enorme diferencia (ah, garañón).
Para no hacer el cuento largo, me está gustando esto de salir de la ciudad a ver a los amigos. Hoy creo que la cosa más sana para poder quitarse el peso de la cabeza de regresar al cubículo a hacer lo mismo durante otros cinco días, es salir de la misma ciudad. Me resulta, versus la vomitiva novela del ex concursante de la “Nacademia”, verbena pura. Se limpian los pulmones, se come más barato (y sabroso), se sale del caos, la gloria hecha Provincia. Apenas está comenzando el fin de semana y ya estoy buscando un nuevo destino para el siguiente fin. Igual y me quedo por el tema de la lana. Pero sueño con que me inviten a su casa a tomarme unas cubitas y hablar de lo mucho que me río de la nueva vida que tenemos y quien quita y me enamore de su ciudad. ¿Me invitan?
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