Desvelos

El ritmo de vida de un olvidado comienza con el ruido del clóset y el abrir y cerrar de las puertas del baño, el cuarto y los rayos de sol que invaden el oscuro espacio entre la ventana y mis ojitos de cielo. Al no aguantar, me he puesto la tarea de terminar un juego de “nientiendo” donde un pequeño mercenario con cara de zorro y sus excéntricos amigos: un robot desvencijado, una nerdísima rana que sabe de tecnología, un anciano conejo y un perro altanero que lo mandan a juntar espíritus y piedras a un planeta de dinosaurios (avísenme cuando sientan que ya los puse high) y después de algunos intentos por pasar algunos mundos, me aviento a buscar una red de internet para poder mandar más y más currículas hablando de un pasado que sonaba a futuro prometedor de un estudiante que no le gustaba solamente estudiar.
Al mandarlos calendarizo las citas con las secretarias que, con voz de súper mercado, me dicen que 5 o 6 días después podré asistir a un análisis discriminante donde las chicas profesionistas de prominente panza, nalgas planas y acento fresa me preguntan cuáles son mis expectativas en la vida. A corto plazo tendría terminar el juego pero suena a largo plazo, y después me gustaría a mediano plazo poder desarrollar un control telepático sobre el director diciéndole que me paguen el mismo salario que un senador federal y me contraten inmediatamente.
Al cabo de la hora de la comida, aparece entre las nubes de smog mi compadre el consultor. Mundano, pachanguero y mantenido. Él sabe de los placeres de la vida al contarme de sus hábitos deportivos al ingerir antes de levantar cien libras, cuantiosas cantidades de chochos, brebajes energéticos y de más.

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