Después de un mes de haber comenzado a vivir “en pecado” como dice mi Tía la Mocha Demencia, he comprobado los múltiples sabores que ni Baskin & Robins tiene para ofrecer. Para ser sincero, no es un paso sencillo decidirse a la aventura de compartir mis ronquidos, mi pésima cocina y uno que otro bajón anímico cuando se es un recién egresado en la gran urbe buscando un poco de suerte laboral.
Finalmente, heme aquí compartiendo, olvidado y respetable lector, mis impresiones en el nuevo rumbo que he tomado en mi vida. Hoy, viernes 4 de abril, me encuentro retacado de gente ansiosa por volver, junto conmigo, a sus raíces sociales en la Ciudad de los Ángeles a reavivar viejos nexos. Al siguiente día seré testigo del resurgimiento de mis excompañeros de banda “El Búho” y “el Krako” en un compradísimo y poco formal concurso de bandas en las que sugiero los seleccionen como los mejores puesto que conozco muy bien el escenario pipope de las bandas de garaje y no da tanta pelea como su servidor a sus respectivos ojos, lectores míos. Mis cuates merecen ser los ganadores.
Al estar esperando a que nuestro preciso y desaliñado conductor del conteo final para trasladarnos en escasas tres horas, estaré por encontrarme con la gente que dejé hace poco. Llevo conmigo el amargo sabor de boca de haber peleado por enésima vez desde mi llegada a la Gran Ciudad (como le llamase el hermano del “Chocotorro”) con la sensualísima e irreprochablemente especial Wera Superior. Tengo el nudo en la garganta y los nudillos envarados de tanto apretar por tantos corajes inoportunos e inesperados. La vida es así y si no aguantas, renuncias. Yo, como buen oportunista o blando opositor de sus ideas, pido esquina por unos cuantos días para retomar mi estado de ánimo y mis ganas de seguir aguantando a secretarias con su torta de suadero, su chicle de menta con penetrantes perfumes y entrevistas con “erreachólogas” egresadas de instituciones Jesuíticas recomendadas por un tío al director de la compañía para preguntarme y hacerme los mismos exámenes que tengo memorizados cual “Ora pro novis”.
Estoy desesperado, querido lector, no me llevo bien con nadie, no me aguanto ni el olor a mí mismo porque nadie me invita a ser parte de su empresa o de su vida. Estoy incompleto por no tener un ritmo de vida sino el rescate casi diario de mi compadre que es consultor de imagen pública y resulta ser poco interesante hablar de conquistas pasadas nunca concluidas o de invitaciones a aprender a jugar el deporte de los empresarios de dieciocho hoyos. Me niego, me retuerzo, quiero ser un número más que reciba su quincena, quiero ser el de la foto del anuncio con un celular y una compu hablando de entregas y negocios. Me tienen en ascuas en un sello discográfico porque estoy por ver si me invitan o no a ser parte de una familia de negocios nuevos y atractivos aunque mal pagados.
Para eso me lanzo a la tierra de mi infancia. Para retomar fuerzas aunque sea a regañadientes. Espero un poco de risas y tragos. También espero comprendan que ridículamente, sostengo mi lap sobre mi proyecto a desaparecer llamado panza y que no puedo creer que ande tan necio con la vida y la gente. Estoy esperando una resolución o una prórroga a mis mentadas, pedos y claro está: pedos.
De lejos admiro la urbe cómo se hace como salir de un show para adultos donde se ve un caco robándole la bolsa a una “secre”, una chica de carrera saliendo temprano a trabajar y los miles de graffittis y publicidades que invaden las paredes de torres que albergan el futuro de un país. Regreso a la nada a retomarme, los mantengo al tanto.
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